miércoles, 27 de marzo de 2013

EN MAYO DE 1926 NOS EMBARCAMOS PARA ARGENTINA

Publicado en La Piedriquina nº 68, por Ernesto García Álvarez.
 
Mi hermana Brígida y yo nacimos en Ricabo, pueblo del Concejo de Quirós, de la Provincia de Oviedo, ella en enero de 1920 y yo en febrero de 1921. Nuestros progenitores fueron: Cesáreo García Menes, nacido en el mismo pueblo en 1892 y Esperanza Álvarez Menéndez, nacida en julio de 1897 en Parades, Concejo de Las Regueras.

ASPECTO DE CASA EL BALLOTU, EN 1972, EN LA QUE NACIÓ MI MADRE.
 
Mi padre tenía un hermano y tres hermanas, el hermano que se llamaba Francisco era el mayor y había emigrado a la Argentina en 1910, para evitar ser reclutado y enviado a Marruecos. Mi padre antes de cumplir los 21 años emigró en 1912, también a la Argentina. Los dos vivían juntos en Caseros, un pueblo que dista 20 km al NO de la ciudad de Buenos Aires.
 
Mi padre trabajó 7 años de remachador, en los talleres de uno de los ferrocarriles argentinos más importantes; donde el hermano era entonces foguista (fogonero), que era el que ayudaba al maquinista o conductor de las locomotoras a vapor, manteniendo el fuego de la caldera que produce el vapor. Un amigo de la infancia de mi padre que se llamaba Pepe de Villajime, le escribió contándole que en Quirós había gran actividad minera, que él tenía la idea de crear una herrería para reparar herramienta y que a él quisiera tenerlo de socio. Esto era a principios del año 1918. No sé si interesado por la oferta del amigo o porque ya tenía la idea de casarse con la señorita Esperanza Álvarez, a quién conocía, porque la familia de Pacho del Ballotu era una de las que pasaban por Ricabo, cuando llevaban el ganado e iban a cultivar las tierras que poseían en Torrestío.

Mis padres se casaron en Parades el 18 de enero de 1919, y estuvieron viviendo en la casa del abuelo Pacho algunos meses. El abuelo estaba enfermo y ya él no podía ir a Torrestío pero alguna vez lo mandó a Francisco así, sin proponérselo, consiguió que se mantuviera e1 apellido Álvarez en 1a familia.
 
MIS PADRES EL DÍA DE SU BODA, EN ENERO DE 1919.
 
Mis padres podían haberse quedado en la casa de Parades porque el abuelo había testado, disponiendo que la hija que se casara, si quisiera, podía quedarse porque el hijo empezaba a estudiar en León y luego obtendría, seguramente, puesto de maestro en algún lugar lejos de Parades y quedaría Carmen sola.
 
Mi padre no tenía interés alguno en dedicarse a los trabajos del campo. En Argentina se había acostumbrado a las 8 horas de trabajo, al descanso dominical y al sueldo mensual, por lo que decidió marcharse a Ricabo y trabajar en la mina.
 
Desde que volvió a España, mi padre no se sentía seguro porque al no haber cumplido con el servicio militar era posible que en algún momento pudiera ser denunciado. Esa preocupación se la confesó a un intimo amigo que era jefe del destacamento de la Guardia Civil, el cual le dijo: No te preocupes, porque soy yo el primero que recibirá la citación y ya te avisaré. En efecto, al poco tiempo le comunicó que ya tenía el aviso y que tenía una semana de plazo para presentarse voluntariamente, si no tendría él que llevarlo detenido a la Comandancia de Oviedo. Además le recomendó que de irse lo hiciera rápido y por un puerto de Galicia, porque en Gijón podía ya estar en la lista de los que tenían prohibido embarcar por ser prófugos. Con esta advertencia no esperó más que el tiempo de preparar 1a maleta y ponerse en camino. Por supuesto fue a embarcar a La Coruña.
 
CASA DE LINO GARCÍA EN RICABO, QUIRÓS, DONDE NACÍ. DONDE ESTÁ LA CASA QUE SE VE NUEVA, ESTABA EL HÓRREO. 1972

Todo lo dicho hasta aquí es para indicar por qué mi padre y mi madre se casaron en Parades y fueron a vivir a Ricabo, y luego nosotros que habíamos nacido en Ricabo fuimos llevados por nuestra madre a vivir a Parades.
Cuando nos mudamos de Ricabo a Parades mi hermana tendría un año y medio y yo unos seis meses, por lo tanto ninguno de los dos podríamos tener recuerdo alguno de Ricabo ni de los abuelos. Los conocimos cuando pasamos en un viaje a Torrestío. Yo algunas veces pienso que, aunque la biología ha avanzado tremendamente en los dos ú1timos siglos, no sabemos cómo el cerebro humano, y también el de los animales  registra en él conocimientos que sé van acumulando a temprana edad y luego es capaz de extraerlos del ”archivo” si se los busca o de manera espontánea, y por otro lado sí sabemos que todo está en las células llamadas neuronas; sabemos que dichas células cerebrales se conectan por filamentos y que cada actividad está controlada por un determinado grupo de ellas, distribuidas en diferentes partes del cerebro. Resulta curioso que desde temprana edad recordamos acontecimientos, nombres y caras de personas, de lugares, olores y sonidos. Es sabido que los recuerdos quedan bien grabados en la memoria si los tenemos presentes constantemente. Los recuerdos no los tenemos archivados en orden, de modo que los mismos no nos vienen a la mente tal cual se sucedieron, muchas veces se mezclan o se superponen.
 
La casa de Parades la recordaba grande, pero cuando la volví a ver después, a los 39 años, entonces casi todo lo noté mucho más pequeño. Eso sí, estaba todo medio derruido, de modo que no pude subir a los altos pero sí entrar a la cocina y a la cuadra. Desde luego en la cocina no estaba la mesa, el banco largo que tenía una tabla que hacía de mesa y se podía echar para atrás, tampoco estaban las "calamilleres" y otros artefactos de hierro que eran usadas para sostener sartenes y cacerolas. También faltaba la ferrada con agua fresca de la Fuente Santa. En la cuadra faltaban los pesebres y todos los postes de madera y las lajas de piedra del piso. La panera estaba destruida. Ver el estado de la casa me dio mucha pena.
 
Un recuerdo agradable de Parades fue el trabajo que hice como "guía "de la pareja de bueyes con que Rufo, el primo de mi madre, aró un prado, que no sé donde estaba, ni el tiempo que duró el trabajo, que no debió ser mucho pues no recuerdo haberme cansado. Este episodio lo recuerdo porque el café con leche que me dieron como pago me gustó mucho y además era la primera vez que tomaba café. Rufo era hijo de la tía Genara, hermana de mi abuelo Pacho del Balloto.
Otro recuerdo que tengo de Parades es la fotografía que el tío Francisco nos sacó a mi madre, a mi hermana, a mí y al perro llamado Turco. El episodio lo recuerdo, el tío dijo," Quietos y miren a la cámara que va a salir un pajarito", luego dijo,"¡Ya! Yo le pregunté “¿y el pajarito?” él dijo;"Allá va".

Creo que sería el año 1925, cuando viajamos a Torrestío porque en mayo de 1926 nos embarcamos para Argentina. De ese viaje recuerdo varios detalles, como cuántos animales llevábamos, las etapas que hicimos y donde dormimos. Los animales eran: dos vacas, la Fosca y la Castaña, una yegua con la carga de la ropa y otras cosas, y sobre la carga un cajón pequeño cubierto con un lienzo con varios agujeros, por donde asomaban la cabeza las gallinas que llevaba; al final iba el Moro, un caballo muy dócil en el cuál viajaba montado yo la mayor parte del tiempo. Mi madre se las arreglaba para, en algunos tramos del camino, subirse al caballo y llevarnos a los dos con ella, yo adelante y mi hermana detrás.

De Parades no debimos salir muy temprano porque la primera noche dormimos en Escamplero. De allí sí arrancamos muy temprano pues a la casa de los abuelos, en Ricabo, llegamos casi de noche. Los abuelos se llamaban: Lino García Viejo y Angelina Menes, el segundo apellido de la abuela no lo tengo registrado.

En Ricabo debimos haber estado más de un día, porque fuimos a visitar a mi madrina María Teresa, que era hija de Pepe el albañil, vecino de los abuelos. El hermano de mi madrina Ovidio y su esposa Filomena nos visitaban seguido en Buenos Aires, pues con mi padre se conocían desde niños.

En Ricabo recuerdo contemplar a mi abuelo hacer madreñas, pues era su oficio. Mi padre recordaba que de niño a veces lo acompañaba al mercado a vender las madreñas. Para eso aprovechaban el poder viajar gratis en el tren que en vagonetas llevaba carbón a la Fábrica de Trubia.

El tren llevaba al final un vagón para que los vecinos de Quirós pudieran viajar desde cerca de Ricabo hasta Trubia.

Me acuerdo, pero no estoy seguro si fue a la ida o a la vuelta de Torrestío, ir con mi abuela a buscar la cabra que ella tenía para proveerse de leche; al lugar se llamaba el Pandiechu, y la costumbre era que cada día un voluntario se encargaba de la vecera (palabra que debe de ser de origen latino que quiere decir rebaño), quizás todavía se usa.

De Torrestío no recuerdo mucho porque viví poco tiempo; allí me hice amigo de un niño de más o menos mi edad, el nombre no lo recuerdo pero sé que era de la casa del Parrondo. Con él jugábamos y nos divertíamos mucho; una vez subimos por una escalera de piedra que estaba detrás de la iglesia, la cual llevaba a una pequeña plataforma, donde colgaba una cuerda que casi llegaba al piso. El compañero de juegos era muy activo y a veces algo travieso porque se le ocurrió tirar de la cuerda lo que hizo sonar la campana de la iglesia. Riéndose me dijo: "Corramos a escondernos porque si no van a regañarnos".

Otra cosa que siempre recuerdo ocurrió en una fiesta, creo que era un casamiento. A nosotros: Brígida, el chico del Parrondo y a mí nos acomodaron en una mesita, a un lado de un pasillo que comunicaba una cocina con una habitación donde habían acomodado a varios comensales. Por delante nuestro, pasaban con bandejas de arroz con unas tiritas, que a mí me parecía serían algo dulce. Cuando pasó mi madre le dije:"Yo quiero de eso", ella también llevaba una bandeja. Al rato ella nos sirvió de "eso". Lo primero que hice fue tomar un trocito de la tirita roja y probar para ver de qué se trataba. La cosa resultó ser algo sumamente amargo, que inmediatamente dejé en el borde del plato y además aparté las tiritas y por mucho tiempo no comí algo que ahora me gusta mucho, en la Argentina a "eso" se llama ají o pimiento morrón.

En Parades mi hermana y yo lo pasamos muy bien, nuestra tía Carmen nos quería mucho y tanto ella como nuestra madre se preocuparon por tenernos contentos.

En ningún momento, por lo menos yo, escuché que mi madre se quejara que nuestro padre tardase tanto en llamarnos. Desde que marchó hasta que inició el trámite de llamada, pasaron más de 4 años. Hay que tener en cuenta que en esa época la comunicación normal era por correo vía marítima, lo cual significaba que una carta tardaría por lo menos un mes y si la persona contestara a vuelta de correo la carta tomaría por lo menos otro mes en llegar. De modo que habría muy largos períodos de tiempo sin noticias de mi padre.

Según consta en el documento que yo todavía conservo, llamado Cartera de Identidad, el 23 de enero de 1926 mi padre obtuvo en la Dirección de Inmigración de la Argentina el permiso para que nosotros pudiéramos viajar a ese país.

En la Cartera que mi madre obtuvo en el Juzgado Municipal del Concejo de Las Regueras, figuran sus datos completos, nombres de sus padres, fecha de casamiento, antecedentes policiales, (negativos), visado consular argentino, fecha de nacimiento de mi hermana y mío, foto de los tres juntos, fecha de embarque, (Mayo 26 de 1926) nombre del barco (Baden) a que compañía pertenecía (Línea Hamburguesa Sudamericana) y hasta el precio del pasaje (1.229,55 pesetas), y un sello de la Oficina de Inmigración del puerto de Buenos Aires con fecha de llegada (8 de Junio de 1926).

Recuerdo muy bien cuando nos tomaron la foto que aparece dos veces en la Cartera de Identidad. Donde fue no lo sé, pero sí que fue tomada por un fotógrafo que trabajaba en la calle, en una acera frente a un gran portalón, quizás de un garaje; allí tenía un banquito donde hizo sentar a nuestra madre, a nosotros nos acomodó, uno a cada lado, de modo que quedáramos a la misma altura los tres.

Brígida y yo, creo que no sentíamos pena al dejar Parades y a los miembros de la familia. Brígida recordaba que la tía Carmen había dicho que un árbol del prado que quedaba enfrente de la casa llamado el Pomar, iba a dar muchas cerezas porque por primera vez estaba repleto de flores; por eso Brígida, casi llorando, decía:"justo ahora que va haber cerezas nos vamos"; yo tenía lástima no poder haber ido a Ricabo a casa de la tía Dolores que nos había prometido arroz con leche, si íbamos a despedirnos. Bueno al final llegó el día de la partida. Lo que recuerdo es el viaje en tren hasta el puerto donde estaba el barco; cómo llegamos a la estación, que debía ser Lugo de Llanera, no sé.

En el tren nos acompañaba Manín, el marido de la tía Josefa, ellos vivían en Las Agüeras, y ella era hija del Balloto. El barco Baden y otro gemelo llamado Bayer, iban del Puerto alemán de Hamburgo a Buenos Aires, haciendo escalas en las Canarias y en 4 puertos de Brasil y en Montevideo (Uruguay).

Estos barcos eran los que usaban entonces carbón para producir vapor y por eso también se les llamaba vapores.

El viaje duró 23 días. Salimos del puerto de Gijón el 16 de mayo por la noche y desembarcamos en Buenos Aires el 8 de junio por la mañana.

El negocio de esta compañía naviera aparentemente no era el trasporte de pasajeros solamente; yo creo que más bien les interesaba el transporte de carga. Esto lo digo porque en el pasaje iba gente de Alemania y personas que embarcaban en el norte de España. En la costa atlántica de Sudamérica hay colonias de alemanes en el sur de Brasil y en Argentina.

De manera que para que el barco hiciera escala en por lo menos 4 puertos de Brasil: Recife (llamado Pernambuco) Salvador (que se llamaba Bahía) Río de Janeiro y Santos), era evidente que no desembarcaban muchos alemanes en Brasi1, porqué mayormente ellos vivían en el sur del país, en Río Grande do Sul. Desde luego los pasajeros de idioma español iban todos para Argentina. En los puertos de Brasil se demoraban uno, a veces dos días, descargando grandes cajones y bultos; en Río de Janeiro estuvieron cargando carbón todo el día. Recuerdo que mientras completaban la carga del carbón, se arrimó un lanchón con fruta. ¿Cómo se las arreglaban para vender la a los pasajeros? con la ayuda de de los tripulantes, porque como la mayoría de los pasajeros eran alemanes y los demás de idioma español, los tripulantes alemanes que entendían el portugués o los españoles que podían entender a los vendedores. Los marineros alemanes o españoles les traducían a los pasajeros que se agrupaban a lo largo de la baranda del barco, situada a por lo menos unos 10 ó 15 metros de altura; una vez cerrado el trato, ¿cómo se las componían para entregar la compra? simplemente enviando el dinero que valía la compra en un cesto bajado con una cuerda hasta el lanchón y de vuelta subían la mercadería.

Los pasajeros del barco no llevaban dinero brasileño, que entonces la unidad era "mil-reis"; me imagino que los de la tripulación les estimarían el cambio entre marcos alemanes o pesetas y los mil-reis.

Otro de los entretenimientos que hubo durante esta parada fue la presencia de unos negritos descendientes de africanos que venían con los comerciantes de fruta. Alguien de la tripulación dijo a los pasajeros, que desde la baranda observaban el lanchón de fruta, que tiraran monedas y verían cómo los negritos la recogían del agua.

Alguien que quiso ver si era cierto tiró la primera moneda. Inmediatamente uno de los negritos se lanzó al agua y salía al momento enseñándola. Luego muchos otros hicieron lo mismo y los pescadores de monedas hicieron su agosto. Por supuesto yo estuve largo rato mirando pero seguramente mi madre estaba detrás de mí porque le tenía pánico a la baranda. Ahora yo estimo que el barco debía llevar a lo más unos 40 o 50 pasajeros, alojados todos en el mismo nivel: que era el primer piso bajando por una ancha escalera que conducía a un amplio salón, desde donde por un largo pasillo se distribuían a ambos lados en sucesivos pasillos los camarotes.

Nosotros ocupábamos un camarote de 4 camas (literas) dos altas, las otras dos abajo. Las de arriba las ocupábamos mi hermana y yo, y las de abajo mi madre y una joven, casada por poderes, que iba a reunirse con su esposo en Rosario, una ciudad de la provincia de Santa Fe. Esta joven, era prima de mi madre, hija de la tía Genara, la madre de Rufo, de Parades. La joven, que se llamaba María era una persona amable que ayudaba a mi madre con nuestro aseo; bañaba a mi hermana (a mi no porque me daba vergüenza) pero sí me ayudaba a vestirme y me peinaba. El camarote era muy cómodo, tenía un lavatorio y un gran espejo, además de armarios para guardar la ropa. También había una rejilla en el cielo raso por donde permanentemente circulaba aire. Me acuerdo que la primera noche dormimos con la luz prendida porque mi madre no pudo encontrar la llave para apagarla. A la mañana siguiente cuando llegó la señora que se encargaba de la limpieza le enseñó que para apagar la luz debía tocar un botón que estaba detrás de la puerta. Mi madre buscaba una llave común pues no se imaginaba que ese botón fuera la llave. En frente de nuestro camarote estaban los baños, que correspondían a nuestro pasillo, uno para caballeros y el otro para damas; tenían inodoros y duchas en compartimentos separados, de modo que el baño podía ser usado por varias personas a la vez. A ambos lados de los baños había también camarotes, por lo menos recuerdo que en uno se alojaba un matrimonio alemán.

La única discriminación, si se puede llamar así, era que las comidas las servían primero a los alemanes y después a los de idioma español. La razón sería que el personal de servicio quería evitar las confusiones si tuvieran que atender a la vez a personas de diferentes idiomas.

Yo no recuerdo, pero creo que la comida era buena porque no escuché nunca quejas de mi madre. Recuerdo que en el primer almuerzo, al sentarnos a la mesa ya estaba servido un pequeño plato con una mermelada que resultó ser de fresas (en Argentina son frutilla); yo comencé a comerla pero mi madre me dijo que eso era para el final. Últimamente leí en una revista que el comer algo dulce antes de las comidas es saludable porque lo dulce aplaca a las hormonas que provocan la sensación de hambre, por deficiencia momentánea de azúcar en la sangre.

De vez en cuando, en el barco improvisaban .una sala de cine en el comedor, plegando las mesas y ordenando las sillas. Las películas entonces eran mudas, y yo era la primera vez que veía cine. Lo único que recuerdo es un trozo de film en el cual un muchacho corría por un muro bajito, al parecer huyendo de un guardia que lo seguía con un perrito; el fugitivo al terminar la pared se cae y se desmaya, el que lo perseguía llevaba un pequeño balde y se lo da al perrito quién corriendo va hasta el agua de la playa, lo llena y corriendo de vuelta se lo entrega al dueño quién le arroja el agua al desmayado y éste reacciona, todos se ríen, y aquí acaba mi recuerdo.

Otro episodio que vale la pena contar ocurrió al dejar las Islas Canarias. Allí subieron al barco vendedores de frutas golosinas y cosas como manteles bordados a mano, etc. Nuestra madre nos compró plátanos, bollitos dulces y chocolate; además compró un mantelito que estuvo en casa muchos años. A Brígida algo que comió no le sentó bien y antes de cenar, saliendo de Las Canarias, se sintió mal, con vómitos y al parecer tenía algo de fiebre. Mi madre la llevó a la enfermería; allí le dieron algo que la calmó y le hicieron acostarse. La enfermería era una sala con varias camas, pero sin personas en ellas, es decir no había enfermos internados. Brígida no quería quedarse sola, porque no había otras personas pero sí había una enfermera que le daba miedo; no era para menos porque era fea la pobre y, para colmo, bizca. Mi madre le dijo al médico si podía llevarla al camarote, pero él le dijo que mejor la dejaba allí porque así la enfermera la podía atender durante la noche. Mi madre le dijo que la nena no quería quedarse sola; él le dijo que no había inconveniente que ella se quedara acompañándola pues había camas de sobra. Entonces vino al camarote y me dijo si yo podía quedarme solo con la muchacha; claro le dije que sí. A la mañana siguiente, después del desayuno, fuimos a ver a la enferma y la encontramos lo más contenta sentada en la cama tornando su desayuno y mi madre sentada al lado tejiendo. Durante las travesías transatlánticas era, y seguirá siendo costumbre, el celebrar el cruce de la línea del Ecuador. Nosotros la pasamos un par de días antes de llegar a Recife, primer puerto que paramos en Brasil.

La fiesta la recuerdo muy bien porque nos disfrazaron y a algunos les pintaron la cara, a mi no, me opuse; en el barco no iban más de unos 10 ó 12 niños de entre 4 y 8 años de edad. Hubo juegos como: carreras de embolsados y otros, y nos dieron golosinas y una bebida nueva para mí hecha de jugo de limón, agua y azúcar, (limonada). Además nos regalaron juguetes, a mi me tocó un barquito de lata que se le daba cuerda y en una palangana con agua daba vueltas hasta que se terminaba.

En todo el viaje sólo habo unos momentos de nerviosismo y miedo porque estando mucha gente en cubierta a la hora de la siesta cómodamente tomando sol tumbada en las reposeras y los niños jugando como de costumbre, de repente aparecieron varios marineros y golpeando las manos gritaban, unos en a1emán otros en español: ¡abajo todos, rápido! y no dejen nada olvidado. La sorpresa fue mayúscula, la gente les comenzó a preguntar: ¿que ocurre?, los marineros explicaron que íbamos a pasar por una zona de tormenta con fuertes lluvias y viento, pero que no había peligro. Esto ocurrió al pasar por la región del Golfo de Santa Catalina, situada un poco al sur de Santos. En ella se suelen encontrar corrientes de aire caliente y húmedo del Norte con otras frías y secas del Sur. El encuentro suele producir fuertes tormentas y mar gruesa. Yo le dije a mi madre si podía quedarme en el salón con los otros chicos; dijo que no, que íbamos los cuatro al camarote. Al rato de estar allí el barco empezó a moverse de una manera que no lo había hecho antes, ni siquiera en Gijón, donde se balanceaba algo. Un poco más adelante la cosa se puso seria, no sólo se balanceaba sino que parecía que bailaba A parte del movimiento, lo que daba miedo eran los golpes del oleaje contra el barco, acompañados con el ruido que producían los truenos. El tiempo que duró el baile no puedo estimarlo, pero no fue mucho porque la tormenta empezó a amainar lentamente. Al poco tiempo pasaron avisando que ya podíamos salir. La muchacha que nos acompañaba me llevó a la cubierta, porque Brígida y mi madre quedaron acostadas hasta la hora de la cena que servían a las 7 de la tarde. Ni arriba en cubierta ni en el comedor había muchas personas, lo que indicaba que la gran mayoría se había mareado, por eso se quedaban en los camarotes.

Desde el Golfo de Santa Catalina hasta el puerto de Montevideo hay bastante distancia y debimos tardar varios días en llegar. En Montevideo el barco atracó en un muelle que quedaba frente a una avenida, a lo largo de la cual había varios comercios. Mi madre debió haber visto que uno tenía un cartel que decía: Peluquería. Como se podía desembarcar ella nos llevó a que nos cortaran el cabello para que al llegar estuviéramos elegantes. Del puerto de Montevideo al de Buenos Aires hay una distancia de unos 200 km. Un barco tarda unas 8 horas en recorrer esa distancia. Dejamos Montevideo tarde en la noche y llegamos a Buenos Aires temprano por la mañana, el día 8 de junio de 1926. Mi madre nos despertó diciendo que habíamos llegado y que nos estaban esperando, papá y el tío Francisco. Ella ya había subido a la cubierta y los había visto. Brígida y yo nos levantamos todos excitados ya que íbamos a conocer a nuestro padre. Cuando salimos a la cubierta y nuestra madre nos indicó donde estaban, por lo menos yo tuve una gran desilusión porque el tío Francisco si era igual al de la foto que teníamos, pero el papá no se parecía al de la que estaba con la mamá en la foto de casamiento. Allí se veía delgado y con cabello negro, en persona era gordo y calvo.
 
PUERTO MADERO, BUENOS AIRES. EL APOSTADERO NAVAL. AQUÍ DESEMBARCABAN LOS EMIGRANTES
 
Al final después que descargaron los equipajes nos dejaron desembarcar. Estuvimos esperando en un gran salón que nos sellaran la Cartera de Identidad y nos entregaran el equipaje. Del desembarcadero a la estación del tren que teníamos que tomar sólo había que caminar unas pocas cuadras, lo cual hicimos acompañados por el changador que nos llevaba el equipaje en un carrito que él empujaba. El equipaje no era muy pesado pues solamente llevaba un baúl y dos maletas.

Tomamos el tren y en menos de media hora estuvimos en la estación Caseros. En ese pueblo, que ya dije que dista unos 20 km del centro de Buenos Aires, he vivido durante 20 años, es decir parte de la niñez y mi primera juventud. En 1946, luego de haberme graduado, me casé con Lucía J. de Diana, la chica mas bonita del pueblo; y la compañía donde estaba empleado me nombró jefe de una Comisión Geológica de Exploración y me destinó a la provincia de San Juan. Distante unos 1500 km. al Noroeste de Buenos Aires.

El cambio de ambiente fue positivo, porque en ese momento tanto Parades como Ricabo eran lugares rurales que no habían alcanzado el desarrollo moderno que fueron adquiriendo algún tiempo después. Caseros en ese entonces ya tenía electricidad, agua corriente, servicio médico, tiendas y negocios varios, pero lo que realmente era importante, y creo que se puede decir que sigue siendo; es la facilidad que cualquiera tenía fuera del nivel económico que fuera; para acceder a la enseñanza tanto primaria como media y superior. Ello es posible porque, salvo en algunas Universidades, la enseñanza es gratuita.

En mi caso, la carrera universitaria no sólo fue gratis el primer año, sino que al segundo conseguí ser becado por la empresa petrolera estatal que nos incorporó a mí y otros más como empleados ingresantes, con el titulo de Alumno Geólogo.

El compromiso era que teníamos que servir como profesionales por lo menos 10 años. O sea nos pagaban para estudiar y nos aseguraban un puesto en la empresa por lo menos por esa cantidad de años. ¿Por qué lo hacían?, porque la mayoría de los geólogos que tenían eran extranjeros contratados.

Bueno, pero estos ya no son recuerdos de la infancia. Más bien se podrían clasificar como datos biográficos.

Podría agregar que mi hermana y yo pasamos una infancia feliz. No sufrimos enfermedades graves ni accidentes de importancia Ahora que tengo bastante tiempo para pensar, llego a la conclusión que el resultado de la emigración, que desde luego no fue decidida por nosotros sino por nuestro padre, resultó positiva. ¿Qué hubiera pasado de no haber emigrado? Nunca lo sabremos. La posibilidad de haber podido llegar a la Universidad existía pero las probabilidades me parece que eran remotas. Por lo menos no sufrí los efectos de la Guerra Civil. En cambio, pude aprovechar las oportunidades que me brindaron las circunstancias, y temprano me di cuenta que la suerte va muy cerca del empeño y la constancia que pongamos, tanto en el trabajo como en cualquiera de las otras actividades, ya sean estas: estudios, deportes o negocios.

Por supuesto, todo este relato no pretende ser ni una completa y ajustada historia ni menos un trabajo literario, me conformo que sea considerado el recuerdo de una persona afortunada.
 
(Boca Raton, Florida U.S.A. junio de 2009).


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